dissabte, 26 de febrer de 2011

Él(la)

Y que ahora me odies tú, precisamente tú, que no conseguías dormir bien si yo no estaba a tu lado. Aunque tampoco te puedo reprochar nada, no supe estar a la altura de las circunstancias. Exactamente igual que cuando la conocí a ella, con sus ñoñerías y sus cosas, que hicieron que por primera vez en mi vida me planteara si sería capaz de ver más allá de un simple pelo corto o unos pantalones caídos. Porque sí. Acabó apareciendo en mis sueños eróticos y no me avergüenzo por ello, porque sé que yo fui la protagonista de buena parte de los suyos. Nunca nadie ha sabido de su existencia y es como si, en el fondo, siempre estuviera a la expectativa cuando paseo por la calle, por si acaso un día, por alguna broma del destino, nos encontramos. Porque sé que se colocará el aro de la nariz y va a sonreírme, como hacía cada martes a las seis. Y yo, que rechazo por completo el tópico de tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol, porque afirmo rotundamente que, por muchas putadas que pasen, no pienso palmarla hasta que no me enamore sin ser correspondida, que no me dediquen otro gol y que George Clooney no me prepare un Nespresso, te digo ya que te olvides de todo esto. Porque no pienso dormir otra vez a tu lado, ahora que sé que se te da tan bien sustituirme. Así que ódiame todo lo que quieras, que yo me quedo con ella. Que si tengo que enamorarme de alguien que no me quiera, prefiero que tenga el pelo largo y use sujetador.

dijous, 24 de febrer de 2011

Yo no soy ella

No, joder. No vuelvas a decirme que me quieres, cuando la que se pasea en bragas por tu casa es ella. Que ya sé que yo también desfilo por casa de otra gente, pero al menos no lo digo, ¿vale? Aunque lo piense, y aunque crea que nadie va a valer tanto la pena como para compartir un San Francisco a las 3 de la mañana o como para nadar conmigo en pelotas en medio de esos bichitos que tanto asco me dan. Que estoy segura de que no me reconocerías si me vieses una tarde cualquiera, porque puede que ahora sonría menos, pero créeme si te digo que disfruto más. Porque resulta que de repente me he vuelto más pasota que nunca, aunque me duela igual que venga ese tío peculiar a decirme que se fijó en mí hace dos semanas por mis zapatos bonitos, pero que ni siquiera se diese cuenta de que la noche anterior casi me había ahogado con mis propias lágrimas. Que digo yo, ya que te fijas, fíjate bien, ¿no?

dijous, 17 de febrer de 2011

Ocurre.

Ocurre. Sí, ocurre. Ocurre que me enfado y escribo. Ocurre que cada día te me atragantas más y tengo que seguir soportándote. Ocurre que los veinte estaban (muy) bien, hasta que empezaron las últimas vacaciones. Ocurre que tengo que esconder el chocolate en la guantera del coche porque estoy perdiendo el control. Me ocurre todo esto e incluso más, pero tú, como siempre, no te enteras de nada. Y cómo vas a enterarte, si aún no te has dado ni cuenta de que a mí lo que realmente me gusta, son las bufandas y los calcetines. Que de verdad pienso que te precipitaste demasiado al otorgarte un título en tan poco tiempo, del cual, por cierto, jamás has estado a la altura. O bueno, quizá sí. Pero este no era el tema, porque yo estaba hablando de lo que ocurre. Y ocurre que suena el móvil y lo observo desde lejos sin intención alguna de descolgarlo. Ocurre que mis vecinos ya deben hasta echar de menos que los despierte de su siesta, porque hace semanas que no me siento a golpear el piano. Porque sí, yo lo golpeo, y aunque ni te lo imagines, hay días que me gustaría hacer lo mismo con tu cara. Pero no ocurre, porque ni siquiera sabes que ahora te odio casi tanto como lo que un día te llegué a querer. Porque te quise, aunque nunca lo dijera y aunque siempre te quejaras por ello. Y ocurre. Ocurre que me largo de aquí, con ese horrible libro rosa chillón bajo el brazo, para poder leer lo que llevo escrito debajo de la tapa cada vez que lo necesite. Porque, ¿sabes? He encontrado sonrisas menos envidiosas que la tuya. Y me quedo con ellas. Porque eso es lo que ocurre. Que me ocurres.