dijous, 17 de febrer de 2011

Ocurre.

Ocurre. Sí, ocurre. Ocurre que me enfado y escribo. Ocurre que cada día te me atragantas más y tengo que seguir soportándote. Ocurre que los veinte estaban (muy) bien, hasta que empezaron las últimas vacaciones. Ocurre que tengo que esconder el chocolate en la guantera del coche porque estoy perdiendo el control. Me ocurre todo esto e incluso más, pero tú, como siempre, no te enteras de nada. Y cómo vas a enterarte, si aún no te has dado ni cuenta de que a mí lo que realmente me gusta, son las bufandas y los calcetines. Que de verdad pienso que te precipitaste demasiado al otorgarte un título en tan poco tiempo, del cual, por cierto, jamás has estado a la altura. O bueno, quizá sí. Pero este no era el tema, porque yo estaba hablando de lo que ocurre. Y ocurre que suena el móvil y lo observo desde lejos sin intención alguna de descolgarlo. Ocurre que mis vecinos ya deben hasta echar de menos que los despierte de su siesta, porque hace semanas que no me siento a golpear el piano. Porque sí, yo lo golpeo, y aunque ni te lo imagines, hay días que me gustaría hacer lo mismo con tu cara. Pero no ocurre, porque ni siquiera sabes que ahora te odio casi tanto como lo que un día te llegué a querer. Porque te quise, aunque nunca lo dijera y aunque siempre te quejaras por ello. Y ocurre. Ocurre que me largo de aquí, con ese horrible libro rosa chillón bajo el brazo, para poder leer lo que llevo escrito debajo de la tapa cada vez que lo necesite. Porque, ¿sabes? He encontrado sonrisas menos envidiosas que la tuya. Y me quedo con ellas. Porque eso es lo que ocurre. Que me ocurres.

2 comentaris:

  1. ocurre que existimos. Y que hay que aguantar.

    ResponElimina
  2. Ocurre que sin darte cuenta, y cuando menos te lo esperas estás en Barcelona, cruzando un charco enorme y disfrutando de todo lo que supone en el presente y en tu inmediato futuro!

    ResponElimina